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Siento que Einstein me persigue...

Actualizado: 9 de nov de 2019

Siento que Einstein me persigue. Era muy joven cuando leí su biografía. Me sorprendió de él, el modo como confirmaba sus teorías: las conclusiones físicas se dilucidaban dentro de su cabeza. Este detalle se quedó en mi memoria como un pequeño trozo de tela que al rasgarse se queda también, y para siempre, enganchado en una rama.



Hace solo unos años, me encontré de nuevo con él de una forma como siempre inesperada. Por alguna razón aparece en mi camino en ocasiones y de una forma u otra me asombra. Se trataba de un recorte que hablaba de una curiosidad a propósito de sus gustos por lo que supuse que no era una práctica muy habitual para la mayoría de las personas. Al leerlo, tuve una extraña y agradable sensación, algo que te mueve por dentro sin saber por qué. No podía creerlo, pero, compartimos una forma de señalar palabras o párrafos en los libros que consiste en llevar una de las puntas de la hoja hasta tocar lo que nos interesa y quedarse ahí para siempre. Hallé sin buscarla esta singular noticia, y, a hacerlo, me topé de nuevo con aquel trozo de tela que se había quedado enganchado en mi memoria. Volví a coincidir con él de forma recurrente: en una estantería de una librería, en una fotografía, en una publicación o en una valla publicitaria. Nunca lo busco... y sin embargo me encuentra.


Algo parecido sentí con Diego Rivera. Hace veinte años me encontré en una tienda la imagen de uno de sus lienzos. No pude resistirlo y desde entonces cuelga en una de las paredes de mi casa. Nunca imaginé que algún día viviría en México y que pasearía por Coyoacán y San Ángel. Menos aún, que visitaría su casa estudio y que estaría dentro de su habitación junto a su cama bajo la cual alguien había dejado sus zapatillas de noche. Aquel momento, que experimenté como un sacrilegio, como una invasión de su intimidad, me produjo una extraña, y en ese caso, desagradable sensación. Un vuelco en el corazón, que, como un chasquido llama mi atención sobre lo que se acomoda especialmente a mí y percibo como agradable, o lo que me resulta definitivamente incoherente y siento como una bofetada en el alma.


Me gusta cargar de vida mi biblioteca. Escondo entre sus páginas anotaciones o recuerdos que en el futuro me ayuden a recrear momentos de hoy. Así que, mis libros recogen en sus interiores pequeños recuerdos, casualmente coincidentes con su lectura, que, por cualquier motivo guarden un nombre, una fecha o cualquier detalle que pueda, en el futuro, retrotraerme en el tiempo: una tarjeta de embarque, una entrada a un museo, una hoja membretada de un hotel, una foto, una nota... Quiero pensar que volveré a esas páginas y, por si eso pasara, dejo preparada una sorpresa. Es también una forma de comunicar, de trascender, de impresionar, es un guiño al tiempo y al espacio. Siempre he agradecido, al mirar fotos antiguas de mi familia, las anotaciones al dorso que dejaban alguna aclaración, dedicatoria, nombre o fecha que acompañara a la imagen.


Cuando acabo de leer un libro y antes de devolverlo a mi biblioteca, escribo en la última página la dirección donde resido en ese momento. He convertido a mis libros en esa botella que algunos lanzaban al mar, en un agujero en la pared de una casa tras un cuadro, en fin, un pasadizo de comunicación a través del tiempo dirigido a mí misma. Hace unos años que la vida me ha llevado por diferentes ciudades del mundo, así que por temor a no recordar algún día todas las calles, los números, los códigos postales, las colonias, las delegaciones, los distritos, los cotos en los que he vivido; voy dejándome recordatorios que, no sé cuándo, me lleven de nuevo a estos lugares. Hace un tiempo, viví por dos años en Ciudad de México. Guardo una sensación de esta maravillosa tierra en la que mi familia y yo vivimos unos años deliciosos. Recién llegaba al aeropuerto Benito Juárez y de camino a nuestro departamento, experimentaba siempre ese sentimiento que uno tiene cuando vuelve a casa incluso, cuando volvía de mis vacaciones en España. No sabía el porqué, pero desde entonces, ese, es el sentir, y no otro, el que me dice que estoy donde quiero estar. Pero ¿qué es la vida?, y, ¿qué produce este sentir?



El biólogo chileno Humberto Maturana explicó qué es la vida y revolucionó el pensamiento: la autopoiésis da cuenta

de fenómenos que tienen lugar en otros campos del conocimiento como la neurociencia, la sociología, la computación, la literatura y la filosofía.


La pregunta que le llevó a este concepto fue, qué es lo vivo y qué muere, o qué tiene que estar pasando en su interioridad en un ente para que mirándolo desde afuera, podamos decir qué es un ser vivo" . Su teoría, publicada en una serie de trabajos desde principios de los años setenta, fue revolucionaria, en palabras de Humberto Maturana, porque dio una respuesta para lo que antes no había:


"Los seres vivos somos, sistemas autopoiéticos moleculares, o sea, sistemas moleculares que nos producimos a nosotros mismos, y la realización de esa producción de sí mismo como sistemas moleculares constituye el vivir", afirmó el biólogo.

Según su teoría, todo ser vivo es un sistema cerrado que está continuamente creándose a sí mismo y, por lo tanto, reparándose, manteniéndose y modificándose.La autopoiesis, dijo: "tiene que estar ocurriendo continuamente, porque cuando se detiene, morimos".


Continuará...




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